"Si debo explicarlo, no sirve”, esa frase ha rebotado en mi cabeza desde hace un tiempo y hoy más que antes.
¿Cómo explicar lo que mi corazón siente? ¿Cómo expresar con palabras lo que arde en mis venas? Quizás, he depositado en mis anhelos la paz que me das y ese es justo mi temor, porque dicen que las mejores cosas están justamente después de la línea del miedo y ahí estas tú.


Siempre he creído que la felicidad no es más que un momento suspendido en el tiempo para contemplar aquellas cosas que pasan inadvertidas, esos minutos y horas que han hecho un acto de acrobacia sobre un abismo vacío y que con el mínimo descuido, puede pasar de ser un acto maravilloso a un momento de completo terror. Al final ambos se estampan en la memoria aunque el resultado inevitable.
La felicidad, ahora la conozco, es el café de las cuatro, el beso de la tarde, la conversación hasta las cinco de la mañana y el desayudo de las nueve de un viernes santo, la sonrisa en tu rostro, la rana en tu cama, el berrinche de la otra noche, tu oferta de futuro y mi suerte de presente, tus bromas por mi forma de comer, y mis ojos en tu boca.
La eterna apuesta, y la osadía de tus labios, los ocho botones de mi vestido, mi alma pegada en tu pecho y tus manos en los míos. Tu franqueza, tus ironías y sarcasmos, tú alocado itinerario y tu corazón inmutable. Tu respiración en mi oído, el contraste de tu piel con la mía, el aroma de tu cuerpo, tu terquedad y tu templanza.
Mis deseos, los tuyos, tus pasiones, mis incomprensibles preguntas y tus acertadas respuestas. Tu valor, tu desvergüenza, los mensajes de día, las llamadas de noche, el humo de mi mal tabaco. Tu graciosa e interminable lista de conquistas, mis pucheros y que sobre todo, habitas en mi pecho junto al latido más profundo de mi corazón.
Eso es lo que no puedo explicar y lo que no puedo explicar son esos momentos suspendidos en el tiempo en los que me he sumergido.

Te dije que eras poesía, porque estás en mis versos como un deseo desde antes de conocerte. Te dije que eras ambrosía, porque sobre tu cuerpo, me siento una diosa, poseyendo cada centímetro de tu ser, te dije que eres una brisa, porque refrescas mi alma.
He esperado el amor y lo he visto pasar en millones de rostros desconocidos. Yo no creo que el amor sea algo para probar con cualquiera. Creo, que se encuentra en la purpurina de las miradas, que necesitan lo que a ti te sobra.
Si algo me enseñaron, es que el amor es aquel que sobrevive a la muerte de las mariposas pero al poner a prueba esa teoría contigo, es imposible pensar que debo esperar a que mueran, porque me enamoré y ya te lo dije. No es algo que acostumbro a confirmar a la ligera, pero estoy desnuda y sin mi armadura por lo que defenderme es imposible ahora. Es demasiado intenso, negar que mi sangre fluye derritiendo el témpano 87 de mi existencia, sería una falsedad.
Solo te pido que no me hagas daño. No me muerdas el corazón, pero si eso pasa, quiero ser la loca de la que te acuerdes cuando te pregunten si crees en la magia. Pero la verdad quiero que apuestes por mí, porque me perdí en ti, y así perdida, tú, quizás, acabes ganando.

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